| la voz cantante, por Hevia |
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| viernes, 23 de mayo de 2008 | |
La involución¡Qué poco dura lo bueno! Antes había dos tipos de humanos. Los siervos de la gleba doblaban el espinazo para cebar a los nobles. La cosa fue mejorando cuando Entonces nació el proletariado, que era el que doblaba el espinazo para la burguesía. Tras un siglo de lucha, el proletariado fue alcanzando aquello que desde antaño disfrutaban los de arriba: Tres comidas diarias, tiempo de ocio, seguro médico, televisor de plasma, coche de ciento veinte caballos, banda ancha y vacaciones en Marina d' Or. Los de abajo siguen cebando a alguien, pero no se dan cuenta porque ahora lo hacen con la barriga llena. Si los de arriba, es decir, los del préstamo hipotecario, no se pasan apretando, hay tranquilidad para rato. ¿Y los músicos qué? Al principio había dos tipos: Unos, como cualquier siervo hijo de vecino, trabajaban para los señores y comían de lo que su mano les tendía. Otros malvivían tocando la gaita de pueblo en pueblo. Estos últimos ni siquiera se molestaban en firmar lo que componían. Y ciertamente alguno componía de manera magistral. Igual que cualquier sector de la sociedad el músico fue mejorando con el tiempo. Más por inercia que por su capacidad asamblearia, todo hay que decirlo, pero el caso es que llegó a dejar de depender directamente de unos pocos. Ya no componía obras para un concierto en palacio o una misa de réquiem. Ahora componía para muchos. Había llegado la democracia y ya no había músicos y juglares, sinfónicos y gaiteros. Por fin había sólo autores que vivían de la fortuna de su obra. La tecnología jugaba a su favor. Primero pudieron grabar su obra y venderla en discos, casettes, CD... Luego vino el ordenador y pudieron hacerse sus discos en casa y llegar desde allí a cualquier rincón del mundo. Las cosas avanzaron tanto que comenzaron a cerrar el círculo por el lado contrario. La música empezó a ser maravillosa y democráticamente gratis. Ahora los autores darán, por fin ellos, el próximo paso en el progreso social. Y lo harán no con una revolución, sino con una involución. Deberán buscarse un señor feudal que les pague por sus servicios. Ya no venderán música para muchos, la venderán para unos pocos y estos pocos serán quienes decidan lo que la plebe haya de escuchar. Esa plebe tiene ya el panem. Los músicos trabajamos ahora en el circense. Cada vez que nuestros servicios sean requeridos, algún tribuno, con un par de palmadas, nos llamará a su augusta presencia y le compondremos un Chiki-Chiki para que Chikilicuatre nos represente en Eurovisión. Por Hevia, músico y compositor |
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